
Epistemológicamente, y en su desarrollo contemporáneo, las ciencias físicas y químicas pueden ser caracterizadas como dominios del pensamiento que rompen abiertamente con el conocimiento vulgar. Lo que se opone a la comprobación de tan profunda discontinuidad epistemológica es que la “educación científica”, que parece bastar para la “cultura general”, no se dirige sino a la física y químicas “muertas”, en el sentido con que se dice que el latín es una lengua “muerta”. Nada hay en ello de peyorativo si lo único que se quiere señalar es que existe una ciencia “viva”. El mismo Emile Borel demostró que la mecánica clásica, la mecánica “muerta”, era una cultura indispensable para el estudio de las mecánicas contemporáneas (relativista, cuántica, ondulatoria). Pero los rudimentos no son ya suficientes para demostrar los caracteres filosóficos fundamentales de la ciencia. El filósofo debe de tomar conciencia de los nuevos caracteres de la ciencia nueva.
Creemos pues que las revoluciones científicas contemporáneas permiten hablar, en el estilo de la filosofía comtiana, de un cuarto período, correspondiendo los tres primeros a la Antigüedad, Edad Media y Tiempos Modernos, respectivamente. El cuarto período, en la época contemporánea, consuma la ruptura entre conocimiento común y conocimiento científico, entre experiencia común y técnica científica. Por ejemplo, desde el punto de vista del materialismo, el comienzo de ese cuarto período podría se establecido en el momento en que la materia es designada por sus caracteres eléctricos, o más precisamente, por sus caracteres electrónicos. Pondremos en relieve estos caracteres en nuestro libro sobre la mecánica ondulatoria. Aquí, nuestro propósito es poner de manifiesto el aspecto filosófico de las nuevas técnicas experimentales.
El carácter indirecto de las determinaciones de lo real científico nos coloca ya en un reino epistemológico nuevo. Por ejemplo, en tanto que para un espíritu positivista se trataba de determinar los pesos atómicos, la técnica de la balanza —muy precisa, sin duda— bastaba. Pero cuando en el siglo XX se separan los isótopos, resulta necesaria una técnica indirecta. Es espectroscopio de masa, indispensable para esta técnica, se funda en la acción de los campos eléctricos y magnéticos. Comparado con la balanza es un instrumento que bien puede ser calificado de indirecto. La ciencia de Lavoiser, que se funda en el positivismo de la balanza, está en relación continua con los aspectos inmediatos de la experiencia usual. No ocurre lo mismo cuando al electricismo se le agrega el materialismo. Los fenómenos eléctricos de los átomos están ocultos. Es preciso instrumentarlos en un conjunto de aparatos que en la vida común no tiene significación directa. En la química de Lavoiser el cloruro de sodio se pesa como en la vida común se pesa la sal de cocina. Las condiciones de precisión científica, en la química positivista, no hacen más que acentuar las condiciones de precisión comercial. De una precisión a la otra, no se cambia la idea de medida. Asimismo, si la posición de la aguja fijada al astil de la balanza es leída con un microscopio, no se abandona por ello la idea de un equilibrio, de una identidad de masa, aplicación muy simple del principio de identidad, tan sencillamente fundamentalmente para el conocimiento común. En lo que concierne al espectroscopio de masa, nos hallamos en plena epistemología discursiva. Es necesario un largo circuito por la ciencia teórica para comprender sus antecedentes. De hecho, los antecedentes son aquí resultados.
Se objetará que para separar el conocimiento común y el conocimiento científico proponemos una distinción demasiado sutil. Pero es necesario comprender que los matices son aquí filosóficamente decisivos. Se trata nada menos que del primado de la reflexión sobre la percepción, de la preparación nouménica de fenómenos técnicamente constituido. Las trayectorias que permiten separar los isótopos en el espectroscopio de masa no existen en la naturaleza; hay que producirlos técnicamente. Son teoremas deificados. Tendremos que demostrar que lo que el hombre hace en una técnica científica del cuarto período no existe en la naturaleza y tampoco es una consecuencia natural de fenómenos naturales.
La audiencia que debería juzgar una ruptura epistemológica semejante no está, sin duda, bien definida. Desafortunadamente, la cultura científica se halla expuesta al juicio de quienes nunca hicieron el menor esfuerzo por adquirirla. Por lo demás, ¿cómo ingresar en el cuarto estado si aún no se ha comprendido la importancia del tercero, el sentido mismo del estado positivista? De hecho, no hay cultura científica sin una realización de las obligaciones, del positivismo. Para superar al positivismo hay que pasar por él. Nosotros, que queremos determinar las condiciones epistemológicas del progreso científico, debemos de considerar positivo al positivismo, en oposición al carácter “retrógrado” de las filosofías de la naturaleza, signadas por la metafísica idealista, tomando a la palabra retrógrado en su bien determinado sentido comtiano.
Es pues a partir de la positividad de la experiencia científica propio del tercer estado de la epistemología comtiana que habremos de definir el sentido profundamente instrumental y racionalista de la experiencia científica. Veremos que el fenómeno así definido se opone a las cosmológicas miras de las filosofías de la naturaleza. También aquí descubriremos una oposición con el conocimiento común, que gusta de prontas cosmologías.
Antes de estudiar en detalle ejemplos precisos, debemos volver a señalar que al ocuparnos del esencial progreso del pensamiento científico no habremos de decidir sobre los valores morales de la ciencia. Nuestro punto de vista no es sino el de la epistemología. Lo que juzgaremos serán los progresos de conocimiento. Ahora bien, desde este punto de vista, el progreso es evidente, decisivo. Ha podido decirse que si la noción de progreso humano se impuso fue precisamente por el carácter manifiesto del progreso de las ciencias, desde el siglo XVIII. En la actualidad las ciencias físicas nos conducen a dominios nuevos o, lo que es lo mismo, el objeto y sujeto se encuentran, el uno por el otro, en estado de novación.
¿Cuáles serán las consecuencias humanas, las consecuencias sociales de semejante revolución epistemológica? Se trata de un problema que tampoco vamos a considerar. Asimismo, es difícil de medir el alcance psicológico de tan profundas modificaciones del intelectualismo. El especial intelectualismo que se desarrolla con la forma de un nuevo espíritu científico se localiza en una ciudad intelectual muy estrecha, muy cerrada. Pero hay más. En el espíritu mismo del investigador el pensamiento científico se separa del pensamiento común. El investigador termina siendo un hombre provisto de dos comportamientos, y está división confunde todas las discusiones filosóficas. Con frecuencia pasa desapercibida, y después debe de afrontar fáciles declaraciones filosóficas sobre la unidad del espíritu, sobre la identidad del espíritu. Los mismos científicos, puesto que explican su ciencia a personas que ignoran, puesto que la enseñan a alumnos, se esfuerzan por poner en continuidad el conocimiento científico y el conocimiento común. Sólo con posterioridad se comprobará que una cultura científica ha determinado una reestructuración del conocimiento, una reforma del ser que conoce. La historia científica, cuando en breve preámbulo se la presenta como preparación de lo nuevo por lo viejo, sobreestima las pruebas de continuidad. En tal atmósfera de confusión psicológica, siempre será difícil dar luz a los rasgos específicos del nuevo espíritu científico. Los tres estado designados por Auguste Comte dejan huellas permanentes en todo espíritu. La superposición de un cuanto estado —fragmentario, especial, de escasa profundidad— es poco susceptible de intervenir en los valores de la convicción. [...]
Descargar el artículo completo: http://www.mediafire.com/?wguyku3wkrs
*Texto extraído de Bachelard, Gaston, "Conocimiento común y conocimiento científico", en El racionalismo aplicado, versión castellana de Irene A. Ramos, Buenos Aires, Paidós, 1978, pp. 99-13.
Creemos pues que las revoluciones científicas contemporáneas permiten hablar, en el estilo de la filosofía comtiana, de un cuarto período, correspondiendo los tres primeros a la Antigüedad, Edad Media y Tiempos Modernos, respectivamente. El cuarto período, en la época contemporánea, consuma la ruptura entre conocimiento común y conocimiento científico, entre experiencia común y técnica científica. Por ejemplo, desde el punto de vista del materialismo, el comienzo de ese cuarto período podría se establecido en el momento en que la materia es designada por sus caracteres eléctricos, o más precisamente, por sus caracteres electrónicos. Pondremos en relieve estos caracteres en nuestro libro sobre la mecánica ondulatoria. Aquí, nuestro propósito es poner de manifiesto el aspecto filosófico de las nuevas técnicas experimentales.
El carácter indirecto de las determinaciones de lo real científico nos coloca ya en un reino epistemológico nuevo. Por ejemplo, en tanto que para un espíritu positivista se trataba de determinar los pesos atómicos, la técnica de la balanza —muy precisa, sin duda— bastaba. Pero cuando en el siglo XX se separan los isótopos, resulta necesaria una técnica indirecta. Es espectroscopio de masa, indispensable para esta técnica, se funda en la acción de los campos eléctricos y magnéticos. Comparado con la balanza es un instrumento que bien puede ser calificado de indirecto. La ciencia de Lavoiser, que se funda en el positivismo de la balanza, está en relación continua con los aspectos inmediatos de la experiencia usual. No ocurre lo mismo cuando al electricismo se le agrega el materialismo. Los fenómenos eléctricos de los átomos están ocultos. Es preciso instrumentarlos en un conjunto de aparatos que en la vida común no tiene significación directa. En la química de Lavoiser el cloruro de sodio se pesa como en la vida común se pesa la sal de cocina. Las condiciones de precisión científica, en la química positivista, no hacen más que acentuar las condiciones de precisión comercial. De una precisión a la otra, no se cambia la idea de medida. Asimismo, si la posición de la aguja fijada al astil de la balanza es leída con un microscopio, no se abandona por ello la idea de un equilibrio, de una identidad de masa, aplicación muy simple del principio de identidad, tan sencillamente fundamentalmente para el conocimiento común. En lo que concierne al espectroscopio de masa, nos hallamos en plena epistemología discursiva. Es necesario un largo circuito por la ciencia teórica para comprender sus antecedentes. De hecho, los antecedentes son aquí resultados.
Se objetará que para separar el conocimiento común y el conocimiento científico proponemos una distinción demasiado sutil. Pero es necesario comprender que los matices son aquí filosóficamente decisivos. Se trata nada menos que del primado de la reflexión sobre la percepción, de la preparación nouménica de fenómenos técnicamente constituido. Las trayectorias que permiten separar los isótopos en el espectroscopio de masa no existen en la naturaleza; hay que producirlos técnicamente. Son teoremas deificados. Tendremos que demostrar que lo que el hombre hace en una técnica científica del cuarto período no existe en la naturaleza y tampoco es una consecuencia natural de fenómenos naturales.
La audiencia que debería juzgar una ruptura epistemológica semejante no está, sin duda, bien definida. Desafortunadamente, la cultura científica se halla expuesta al juicio de quienes nunca hicieron el menor esfuerzo por adquirirla. Por lo demás, ¿cómo ingresar en el cuarto estado si aún no se ha comprendido la importancia del tercero, el sentido mismo del estado positivista? De hecho, no hay cultura científica sin una realización de las obligaciones, del positivismo. Para superar al positivismo hay que pasar por él. Nosotros, que queremos determinar las condiciones epistemológicas del progreso científico, debemos de considerar positivo al positivismo, en oposición al carácter “retrógrado” de las filosofías de la naturaleza, signadas por la metafísica idealista, tomando a la palabra retrógrado en su bien determinado sentido comtiano.
Es pues a partir de la positividad de la experiencia científica propio del tercer estado de la epistemología comtiana que habremos de definir el sentido profundamente instrumental y racionalista de la experiencia científica. Veremos que el fenómeno así definido se opone a las cosmológicas miras de las filosofías de la naturaleza. También aquí descubriremos una oposición con el conocimiento común, que gusta de prontas cosmologías.
Antes de estudiar en detalle ejemplos precisos, debemos volver a señalar que al ocuparnos del esencial progreso del pensamiento científico no habremos de decidir sobre los valores morales de la ciencia. Nuestro punto de vista no es sino el de la epistemología. Lo que juzgaremos serán los progresos de conocimiento. Ahora bien, desde este punto de vista, el progreso es evidente, decisivo. Ha podido decirse que si la noción de progreso humano se impuso fue precisamente por el carácter manifiesto del progreso de las ciencias, desde el siglo XVIII. En la actualidad las ciencias físicas nos conducen a dominios nuevos o, lo que es lo mismo, el objeto y sujeto se encuentran, el uno por el otro, en estado de novación.
¿Cuáles serán las consecuencias humanas, las consecuencias sociales de semejante revolución epistemológica? Se trata de un problema que tampoco vamos a considerar. Asimismo, es difícil de medir el alcance psicológico de tan profundas modificaciones del intelectualismo. El especial intelectualismo que se desarrolla con la forma de un nuevo espíritu científico se localiza en una ciudad intelectual muy estrecha, muy cerrada. Pero hay más. En el espíritu mismo del investigador el pensamiento científico se separa del pensamiento común. El investigador termina siendo un hombre provisto de dos comportamientos, y está división confunde todas las discusiones filosóficas. Con frecuencia pasa desapercibida, y después debe de afrontar fáciles declaraciones filosóficas sobre la unidad del espíritu, sobre la identidad del espíritu. Los mismos científicos, puesto que explican su ciencia a personas que ignoran, puesto que la enseñan a alumnos, se esfuerzan por poner en continuidad el conocimiento científico y el conocimiento común. Sólo con posterioridad se comprobará que una cultura científica ha determinado una reestructuración del conocimiento, una reforma del ser que conoce. La historia científica, cuando en breve preámbulo se la presenta como preparación de lo nuevo por lo viejo, sobreestima las pruebas de continuidad. En tal atmósfera de confusión psicológica, siempre será difícil dar luz a los rasgos específicos del nuevo espíritu científico. Los tres estado designados por Auguste Comte dejan huellas permanentes en todo espíritu. La superposición de un cuanto estado —fragmentario, especial, de escasa profundidad— es poco susceptible de intervenir en los valores de la convicción. [...]
Descargar el artículo completo: http://www.mediafire.com/?wguyku3wkrs
*Texto extraído de Bachelard, Gaston, "Conocimiento común y conocimiento científico", en El racionalismo aplicado, versión castellana de Irene A. Ramos, Buenos Aires, Paidós, 1978, pp. 99-13.




Comments
1 comments to "Gastón Bachelard: Conocimiento Común y Conocimiento Científico."
18 de junio de 2009 13:44
Hola.
Antes de nada, perdona que te escriba esto como un comentario, pero es que no vi tu email en el tu blog
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Muchas Gracias por tu tiempo... y disculpa si no fue la mejor manera de darme a conocer.
Un saludo.
DAVID T.
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